Federico García Lorca, el músico-poeta

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Es el poeta español más universal del siglo XX. Su obra ha sido traducida, interpretada y comentada en todo el mundo. Pero detrás de su faceta literaria, Federico García Lorca desarrolló una importante carrera paralela como músico al investigar en las raíces del folklore español. Para la posteridad queda su disco de 1931 ‘Canciones Populares Antiguas’, donde rescató y armonizó viejos cantes españoles pasados de generación a generación y que tan importante fue en el posterior desarrollo posterior de la copla y el flamenco; canciones como ‘Zorongo Gitano’, ‘Anda Jaleo’ o ‘En el Café de Chinitas’, inmortalizadas en el piano de García Lorca y en la voz de la Argentinita, y que de otra forma hubieran quedado en el olvido. En el 75 aniversario de su muerte nos acercamos a la figura del músico Federico García Lorca.

Sería imposible comprender la esencia de la obra de Federico García Lorca sin tener en cuenta la enorme importancia de la música en la vida del autor. El trabajo literario del poeta andaluz está impregnado de ritmo y folklore: en su estructura, en su estilo, en su temática, en su sensibilidad… Pero su faceta musical es aún para muchos una gran desconocida. En ocasiones se ignora que, antes de decantarse por la literatura, Lorca soñaba con convertirse en pianista profesional. Pero el destino quiso que finalmente no partiera hacia París para continuar sus estudios. El mundo, quizá, perdió a un nuevo Albéniz, a otro Granados, al sucesor de Falla. En cambio ganó a uno de los escritores más importantes de la historia.

EN EL CAFÉ DE CHINITAS

García Lorca creció rodeado de música. Desde su más tierna infancia en Fuente Vaqueros, había demostrado una enorme facilidad para asimilar los cantes folkóricos que escuchaba a su alrededor, en boca de gitanos y campesinos. “Antes de hablar, Federico tatareaba ya las canciones populares y se entusiasmaba con la guitarra” declararía su madre Vicenta Lorca. A pesar de ser el niño rico del pueblo, desde sus primeros años fue plenamente consciente de la profunda miseria que había en su entorno. “El niño rico tiene la nana de la mujer pobre” afirmaría Lorca en su conferencia ‘Las nanas infantiles’. Su sensibilidad –e indignación– ante la pobreza sería una de las señas de identidad de su obra literaria posterior, tan influenciada por el folklore andaluz.

Fue Isabel García Rodríguez, tía del poeta, quien le enseñó sus primeros acordes y canciones populares. Durante aquellos años, también creció escuchado a su tío Luís tocar el piano. El tío Luís tiempo después recibiría elogios del mismísimo Manuel de Falla –establecido en Granada en 1917–, pero dejaría de tocar para siempre tras el fallecimiento de su esposa, a quien había amenizado el dolor con su música en el lecho de muerte.

Federico García Lorca procedía de una familia con una larga tradición musical que se remontaba varias generaciones atrás. Buen ejemplo de ello es la figura de Federico García Rodríguez, tío abuelo del poeta y bandurrista profesional a quien por desgracia nunca llegó a conocer. Lorca se enorgullecía de compartir nombre con ese antepasado bohemio y caballeroso que, según contaba la tradición familiar, había llegado a tocar en Granada ante la mismísima Isabel II –algo de lo que lógicamente no podemos estar muy seguros–.

El tío abuelo Federico se marchó a vivir a la ciudad portuaria de Málaga. Allí, curiosamente, ofrecería algunos conciertos en el famoso Café de Chinitas, lugar que sería inmortalizado por Federico García Lorca varias décadas después, con la armonización de una canción que el poeta había aprendido en boca de su tío Francisco, y que grabó junto a la cantante la Argentinita. Nos referimos, claro está, a la canción tradicional ‘En el Café de Chinitas’.

Los orígenes del célebre café teatro se remontaban a 1857. El Café de Chinitas estaba situado en el entonces llamado pasaje Arenales, que unía varias callejuelas en pleno centro histórico de la ciudad –ahora llamado simplemente pasaje de Chinitas–. Desde sus inicios, el local alcanzó enorme popularidad en las noches malagueñas, siendo centro neurálgico y lugar favorito de caballeros en busca de botellas de vino, espectáculos musicales y señoritas de afecto negociable. Resulta irónico que aquel antro de perdición estuviese construido sobre un antiguo convento. El café se convirtió en un símbolo de la bohemia malagueña del siglo XIX. También fue lugar de navajazos, trifulcas y escándalos, –situación que narra la famosa canción–. En 1908 fue clausurado por primera vez, para volver poco después reconvertido en una especie de burdel.

Cuando a principio de los años treinta, poco antes de que Lorca grabase la famosa canción, volvieron al café teatro los famosos espectáculos de flamenco, el Café de Chinitas ya disfrutaba de fama nacional. Por sus escenarios actuaron por aquella época figuras como Juan Breva, Antonio Chacón, Estrellita Castro, Manolo Caracol o Juanito Valderrama. Hasta que en 1937 las autoridades, cansadas de tantos escándalos que tan mala fama acarreaban a la ciudad, decidieron echar el cierre definitivo, acabando con una de las señas de identidad de Málaga. Hoy por hoy, poco queda de aquel sitio. Tan sólo una placa conmemorativa  recuerda que allí se levantó uno de los tablaos flamencos más famosos del mundo, algo que dice mucho de algunas ciudades españolas, empeñados por olvidar su pasado cultural. En aquella placa también se recuerda al poeta granadino y a la canción que rescató –cuya letra sería cambiada por los combatientes republicanos durante la guerra civil transformada en canto revolucionario–.

LORCA, EL PIANISTA DE GRANADA

Rondaba el año 1909 cuando Federico García Lorca llegó a la ciudad mágica de Granada, procedente de su pueblo natal Fuente Vaqueros. Por aquel entonces Granada ya tenía fama de ciudad exótica, punto de encuentro entre oriente y occidente. A partir del descubrimiento de la Alhambra por parte de los románticos europeos, la ciudad del palacio nazarí había sido objeto de devoción por parte de escritores, poetas, pintores y, por supuesto, de músicos –Debussy, Tárrega, Glinka, Albéniz, Falla–. En aquellos momentos se debatía entre el recuerdo nostálgico de su pasado árabe y sus deseos de modernización. “Yo creo que el ser de Granada me inclina hacia la comprensión simpática de los perseguidos”, afirmó Lorca en una de sus últimas entrevistas. “Del gitano, del negro, del judío… del morisco que todos llevamos dentro”. Pero la generación de García Lorca creía en una ciudad alejada de los tópicos, una ciudad abierta al mundo, consciente de su pasado oriental pero con una mirada hacia el futuro.

El joven Lorca no era muy diferente de la mayoría de los músicos. Ante la desesperación de su padre, no era lo que se dice un buen estudiante. Normalmente se sentaba en el último banco y faltaba a menudo a las clases de geografía, aritmética, química o caligrafía. Aquello no le interesaba; su cabeza estaba en otra parte. En aquella época, en la mente del joven García Lorca no circulaba la idea de convertirse en abogado, médico o juez; tampoco estaba la de terminar siendo un famoso poeta. La verdadera pasión de Federico era la música. De vez en cuando, le gustaba subir hasta las cuevas del Sacromonte para escuchar el cante jondo de sus amigos gitanos. Es posible que en aquella época ya conociera el ‘Zorongo gitano’, que en 1931 rescataría para darlo a conocer al mundo en su disco ‘Canciones Populares Antiguas’.

El ‘Zorongo gitano’ es un cante netamente granadino. A finales del siglo XIX, Isaac Albéniz ya había rescatado parte de la melodía para su obra ‘La Vega’. Por su parte, Manuel de Falla, obsesionado con la canción popular, la llegó a incluir en tres de sus obras: ‘La vida breve’, ‘El amor brujo’ y ‘Noches en los jardines de España’. Federico García Lorca la solía interpretar a piano, cantando por encima algunas estrofas que había oído de los gitanos del Sacromonte. En 1931, cuando la grabó junto a la cantante Encarnación López la Argentinita, incluyó algunas estrofas de su propia cosecha a la letra original. Dos años más tarde añadiría la canción con sus versos  en la representación de ‘La zapatera prodigiosa’en 1933. Como vemos a continuación, los nuevos versos son completamente lorquianos:

Las manos de mi cariño
te están bordando una capa,
con agremán de alhelíes
y con esclavina de agua

Cuando fuiste novio mío,
por la primavera blanca,
los cascos de tu caballo,
cuatro sollozos de plata.

La luna es un pozo chico,
las flores no valen nada,
lo que valen son tus brazos
cuando de noche me abrazan.

En 1915, cuando se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras, Federico era ya un pianista de Granada con un futuro prometedor. Su maestro Antonio Segura Mesa, a quien le unía una fuerte amistad, tenía puestas grandes esperanzas en él como compositor. Quería que llegara a donde él no había llegado. “Que no haya alcanzado las nubes no significa que las nubes no existan”, le solía decir. Por aquel entonces la vocación literaria del futuro poeta era prácticamente nula. Nada hacía sospechar que terminaría abandonando su carrera musical en favor de la escritura. Aunque le fascinaba la literatura, la idea de ponerse a escribir no le rondaba la cabeza.  Ni siquiera se lo planteó cuando, ese mismo año, se vio obligado a abandonar la composición de una zarzuela al no encontrar autor para el libreto.

Pero en mayo de 1916 recibió un duro golpe que determinaría su futuro musical: la muerte de su maestro Antonio Segura Mesa a los 74 años. Federico, que quería marcharse a París para continuar con sus estudios musicales, se vio obligado a abandonar sus aspiraciones ante la tajante negativa de su padre. Y así acabó su carrera como pianista. Dos años después, el escritor dedicaría su primer libro ‘Impresiones y paisajes’ a la memoria de su viejo maestro.

RESCATANDO VIEJAS CANCIONES POPULARES

La carrera frustrada de Lorca como pianista no truncaría su aportación a la música. Una vez desechada la idea de convertirse en músico profesional, su labor en el ámbito musical se centró en la recuperación, armonización y actualización de viejos cantos y canciones populares (además de la dirección musical de algunas de sus representaciones). Sus investigaciones se remontaron hasta el siglo XV y nunca han sido del todo bien valoradas, ensombrecidas por su enorme figura de escritor universal.

Frecuentemente García Lorca interpretaba sentado en el piano esas viejas canciones tradicionales, bien en reuniones informales, bien en encuentros culturales. “Federico era un alma musical de nacimiento, de raíz, de herencia milenaria” recordaba Moreno Villa en 1937 en su autobiografía. “La llevaba en la sangre […]. Daba la impresión de que manaba música, de que todo era música en su persona”. Es bien sabido que los motivos que le impulsaron en la recuperación del folklore español tuvieron más que ver con su satisfacción personal que con un afán de reconocimiento. Prueba de ello es el Concurso de Cante Jondo que organizó junto a Manuel de Falla –gran amigo del poeta– en 1922, y que finalmente ganaría un niño de once años llamado Manolo Caracol, que llegó a convertirse con el tiempo en una de las leyendas más importantes de la historia del flamenco.

Cuando Federico García Lorca llegó a Nueva York el 25 de septiembre de 1929, ya era el joven poeta español más famoso del momento. Acababa de publicar el ‘Romancero gitano’ –su libro más célebre y más estudiado– y necesitaba permanecer un tiempo lejos de España. El Nueva York que Lorca conoció fue el Nueva York de la Ley Seca, de Al Capone, de los tiroteos y del crack del 29. Allí en la gran ciudad, extraña para él, utilizaría sus habilidades como pianista para entablar amistades y sorprendería a sus anfitriones con las canciones populares que traía bajo el brazo. Precisamente fue en Nueva York donde Lorca y la cantante Encarnación López la Argentinita –que ofrecía algunos conciertos en la ciudad– comenzaron con los arreglos de las canciones populares que grabarían en el célebre disco ‘Canciones Populares Antiguas’.

Aquel trabajo se publicó en febrero y marzo de 1931 por la compañía La Voz de su Amo. Las canciones estaban armonizadas e interpretadas al piano por Federico García Lorca y cantadas por la cantante y bailarina Encarnación López Júlvez la Argentinita, colaboradora del poeta desde el estreno de su primera obra teatral. Todas ellas pertenecían al folklore español: ‘Anda Jaleo’, ‘Las tres hojas’, ‘Romance pascual de los peregrinitos’, ‘Sevillanas del siglo XVIII’, ‘Los cuatro muleros’, ‘Zorongo gitano’, ‘Romance de los mozos de Monleón’, ‘Nana de sevilla’, ‘El café de Chinitas’ y ‘Canción antigua de las morillas’. Algunas canciones popularizadas por García Lorca no fueron grabadas, entre ellas la famosísima ‘La Tarara’ –que, al igual que las demás, se suele confundir erróneamente como parte de su obra poética-.

Las grabaciones obtendrían una repercusión muy notable en la España prerepublicana y ayudó a acrecentar la fama tanto del poeta como de la cantante y coreógrafa, que obtuvo un enorme éxito interpretando esos temas a partir de 1932 por España, París y América. Pero la influencia posterior de aquel disco es incalculable. ¿Habrían quedado olvidadas muchas de las canciones que Federico García Lorca se encargó de recopilar y armonizar? Con toda probabilidad, sí.

En el momento de su asesinato en 1936 a comienzos de la guerra civil en Granada, la figura de Federico García Lorca era ya célebre en todo el mundo. Muy a su pesar, algunos lo consideran injustamente otro poeta maldito, quizá a causa de su trágico final y la temática pasional de su obra. Paradójicamente, la letra de unas canciones que rescató, ‘Anda Jaleo’, evoca a las terribles circunstancias de su fusilamiento; es el llanto popular de un pueblo acostumbrado de cuando en cuando a matarse a tiros entre hermanos y vecinos. Después de su muerte, el cancionero que él recopiló ha sido reinterpretado en numerosas ocasiones, sobre todo desde la copla y el flamenco –Lola Flores, Camarón de la Isla, Paco de Lucía, Carmen Linares, etc.–.

Así son las canciones populares. Pasan de generación a generación, se reinterpretan y evolucionan constantemente. Aunque llama poderosamente la atención que en otros países se tenga más respeto al legado musical propio que en España, donde nadie es profeta en su tierra. En el caso de Estados Unidos, géneros musicales esencialmente folklóricos como el country, el blues e incluso el rock’n’roll, son revisados y exportados continuamente. El caso de España, quizá por su condición de país atormentado por su pasado, es bien diferente. Desde aquí reivindicamos estas canciones para que no vuelvan a caer en el olvido.

La biografía de Federico García Lorca publicada por Ian Gibson en dos tomos (1985 y 1987), ha sido reeditada recientemente por Editorial Crítica.

DAVID ANDRÉS LITTLE MARTÍN
Thriller Magazine / Actualidad 7