Syd Barrett, el brillo de un diamante loco (I)

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El 11 de julio de 2006 un hombre de 60 años moría en un tranquilo barrio residencial de Cambridge, Reino Unido. Gran aficionado a la pintura y la jardinería, vivía solo y no se relacionaba aparentemente con nadie. Nunca salía excepto para hacer la compra y disfrutaba de una vida tranquila. Pocos podrían sospechar que se trataba ni más ni menos que de un mito viviente. Su nombre era Syd Barrett, el que fuera alma y líder de unos jóvenes Pink Floyd. Su vida es una de esas oscuras leyendas del rock. Transcurren tan sólo tres años desde su genialidad hasta su caída en desgracia, de saborear los placeres del éxito a caer en el abismo de la esquizofrenia y dejar el mundo de la música. El suyo es un relato de talento, LSD y delirio.

Transcurría el año 1975. Estados Unidos se retiraba al fin de Vietnam mientras medio mundo se estremecía con Tiburón de Steven Spielberg. Bill Gates y Paul Allen fundaban una pequeña empresa informática llamada Microsoft. Bob Dylan volvía a las andadas con el mítico Blood on the Tracks. Los años 60 eran ya un sueño borroso y la música disco comenzaba a triunfar en las pistas de baile.

Entre tanto Pink Floyd, una banda de rock en la cúspide del éxito, sacaba al mercado Wish You Were Here. Ensombrecido por el éxito de Dark Side of the Moon, este disco es quizá uno de los mejores de su década. Tras las arrolladoras cifras conseguidas, las cosas no serían fáciles entre Roger Waters y el resto del grupo; y ellos lo sabían. Ya no eran tan sólo una banda interesante. Ahora estaban en los altares del rock and roll. Dejaban de ser, como el propio Waters declaraba recientemente, una “banda de hermanos”. Las cosas habían cambiado. Ahora eran un buque, una máquina pesada, una pistola a punto de disparar. En resumen, una de las bandas más importantes del mundo.

De pronto un hombre calvo, gordo y sin cejas entró en el estudio y se sentó para ver la sesión. “Entonces alguien nos dijo: es Syd. Me costó un rato reconocerlo”.

La grabación del nuevo disco resultó bastante difícil. “Sabíamos que estábamos acabados como banda” afirma Roger Waters, “y yo estaba de luto por eso y por Syd”. Un día grababan “Shine On You Crazy Diamond”, una de las más bellas canciones escritas en los años 70. Escrita a modo de sinfonía blues, contaba la historia de su antiguo líder caído en desgracia. La historia de su genialidad y su locura.

De pronto un hombre calvo, gordo y sin cejas entró en el estudio y se sentó para ver la sesión. Cuando Roger Waters, Nick Mason y David Gilmour se percataron, no podían imaginar que se trataba del mismísimo Syd Barrett. Sin mediar palabra contemplaba la grabación de un tema precisamente dedicado a él. “Esa fue la última vez que lo ví” recuerda Nick Mason. “Estábamos en la sala de control cuando vimos a aquel tipo. Nadie nos presentó así que nadie sabía quién era. Supuse que alguien tenía que echarlo de ahí. Entonces alguien nos dijo: es Syd. Me costó un rato reconocerlo”.

Roger Keith Barrett nació en el año 1946 en Cambridge, 80 kilómetros al norte de Londres. Criado en el seno de una familia de clase media, desde muy joven empezó a desarrollar una brillante sensibilidad artística. Era un apasionado de la pintura y la música. Comenzó a tocar la guitarra gracias a su amigo David Gilmour, quien paradójicamente le sustituiría en su instrumento al frente de Pink Floyd. A mediados de los 60 Syd se marchó a Londres a estudiar bellas artes en el Camberwell Art College. Al poco tiempo se unió al conjunto de su amigo Roger Waters, que ya se había instalado en Londres. “Siempre había un plan para irnos a Londres y formar una banda” declara Waters. “No sé cuales serían las motivaciones de Syd, pero en aquella época yo pensaba que la música era el paso previo hacia el sexo”.

Roger Waters y Syd Barrett se conocían desde la infancia, pero no fue hasta el instituto cuando se empezaron a tratar. “Solíamos quedarnos por las noches en la casa de un amigo. Básicamente nos quedábamos fumando mientras escuchábamos blues y jazz. Creo recordar que también tomamos alguna anfetamina”. Cuando Barrett llegó a Londres, Waters ya tocaba junto a tres tipos más. Sus nombres eran Rick Wright, Nick Mason y Bob Klose. Junto a Syd, formaron una primeriza banda de rhythm & blues hasta que el guitarrista, Bob Klose, fracasó en sus estudios universitarios. “Sus padres le dijeron: Bob, déjate de música y ponte a estudiar” recuerda Waters. Fue entonces cuando el joven Syd dio riendas sueltas a su imaginación. Con un guiño a los oscuros intérpretes de blues Pink Anderson y Floyd Council, el sonido Pink Floyd acababa de nacer.


“Desgraciadamente también jugueteaba con las drogas. Solían invitarme a comer los domingos, lo cual era un riesgo. Syd cocinaba y podías terminar viendo medio repollo volando hacia ti”.

El casero de la banda Mike Leonard era, en aquella época, lo más parecido a un videoartista. Apasionado de la música y los juegos de luces, no tardó en encontrar con la banda una inspiración para sus experimentos psicodélicos. “Yo no era un músico de rock and roll. Estaba allí por accidente”.En los primeros tiempos, la libertad de la música jazz les servía de inspiración en busca de un sello personal. No tardaron en realizar una primeriza grabación en 1965, con versión de Slim Harpo incluida. “Me encantaba el sonido de la banda” confiesa Leonard. “Desde el final de la calle se oía en todos los tejados. Eran bastante conocidos”. De acuerdo. Todo el mundo es famoso en su calle. Pero el tiempo les dio la razón. “Syd me caía muy bien. Tenía gracia y entusiasmo. Era un tipo muy efervescente” recuerda el viejo Mike. “Desgraciadamente también jugueteaba con las drogas. Solían invitarme a comer los domingos, lo cual era un riesgo. Syd cocinaba y podías terminar viendo medio repollo volando hacia ti”.

De los ensayos junto a Mike Leonard pasaron a las actuaciones en la escena underground londinense. Ya no eran solamente una banda de rhythm & blues famosa en su calle cuando tocaron en la inauguración del mítico local londinense UFO Club. Contaban con un amplio reconocimiento y había quienes les vaticinaban un gran futuro como banda comercial. Sencillamente se estaban haciendo famosos. Ante tanto revuelo, la discográfica EMI no tuvo más remedio que contratarlos en 1967. Para el mes de junio ya habían colocado dos exitosos singles en lo más alto de las listas de éxitos. El primero de ellos “Arnold Gaynen” contaba la excéntrica historia de un tipo aficionado a robar bragas de los tenderos comunitarios. “See Emily Part”, por su parte, supuso la consagración de Pink Floyd como un proyecto de futuro.

DAVID ANDRÉS MARTÍN
ThrillerMagazine.es

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